Las malas decisiones racionales - (ESP)
Hace unos años, cuando estaba terminando el grado en Filosofía a distancia y me quedaba poco, decidí matricularme de una cantidad abusiva de asignaturas el último curso y no decírselo a nadie. Solo lo sabíamos yo y el jefe de estudios de la UNED.
Como tengo una red de amigos y amigas bastante sana, nadie notó mi relativa ausencia de los planes públicos (unos pensaban que estaba quedando con los otros y viceversa).
Durante aquellos meses leí cosas apasionantes que me cambiaron la vida, y sobre todo, leí mucho sobre un tema en particular que siempre me ha obsesionado: la racionalidad. Hice mi trabajo de final de Grado sobre la racionalidad en el siglo XXI (que a la mayoría de gente de mi entorno le pareció un tema aburridísimo).
2 lecciones sobre la racionalidad
Me gustaría resumir las dos cosas más importantes que digerí en esos meses:
1) La primera lección es que prácticamente nadie tiene ni idea de qué significa la racionalidad porque no se han parado a pensar en ello más de dos segundos. Continuamente la gente hace cosas en nombre de una supuesta «racionalidad» y es una absoluta farsa. Esto no lo hacen solo las personas «estúpidas», sino escuelas filosóficas enteras que toman la racionalidad como elemento central de forma acrítica. Por ejemplo, es absolutamente estúpido oponerla a «las emociones» y, de hecho, confiar demasiado en una racionalidad ciega y «neutral» puede llevar a consecuencias catastróficas... (como la famosa tesis sobre la cara oscura de la razón durante la Segunda Guerra Mundial 1).
2) La segunda (muy vinculada a la primera) es que no hay una «Racionalidad» absoluta con mayúsculas. El otro día veía a un CEO de Silicon Valley por redes definirse como «racional en la totalidad de mi tiempo». Mal. La racionalidad siempre es instrumental, siempre es una racionalidad para algo y para alguien. Racionalidad es dirigirse a un objetivo de forma eficiente y efectiva. Cuando alguien dice hacer cosas racionales siempre le tenemos que preguntar para qué objetivo (o bajo qué valores). Y hasta aquí bien: la racionalidad es poco problemática cuando es descriptiva, cuando nos proponemos entender algo mejor.
Del «ser» al «hacer»
El problema llega cuando nos disponemos a actuar de forma racional. Aquí empiezan los problemas, en particular, los problemas éticos 2. Si la razón no nos dice qué debemos hacer, ¿cómo elegimos?
Como "la racionalidad" (la razón) no nos puede dar la respuesta final, la única salida que nos queda es la acción pura. Hay una especie de unidad básica de la racionalidad que es «la decisión». Aunque no somos conscientes de la gran mayoría de decisiones que tomamos (algunas por desconocimiento, omisión o indiferencia) la decisión es prima hermana de la acción. Las decisiones son el universo en el que las acciones operan.
Hay mucha teoría de toma de decisiones, pero la mayoría es estúpida, sobre todo cuando busca credibilidad a partir de ecuaciones y modelos sofisticados. Tomar decisiones es gestionar diferentes tipos de ignorancia.
La gente es bastante buena tomando pequeñas decisiones "locales", decisiones rutinarias del día a día. El drama viene cuando debemos tomar decisiones importantes: ignoramos todo lo que desconocemos.
Esta tabla es una idea en la que siempre pienso y que para mí representa los diferentes "dominios" de conocimiento (o la relación entre decisiones e ignorancia):
| (1) Lo que sabemos que sabemos | (3) Lo que sabemos que no sabemos |
| (2) Lo que no sabemos que no sabemos | (4) Lo que no sabemos que no sabemos |
Entonces, el cuadrante número 4 es donde viven las sorpresas y los eventos imprevisibles que paradójicamente, son los que más impacto tienen en nuestras vidas (los cisnes negros de Taleb).
El problema es que la gente inteligente tiende a sobrevalorar lo que cree que sabe (los cuadrantes 1 y 3) e infravalora dramáticamente lo que ni siquiera sabe que existe (el 4). Es el sesgo del experto: cuanto más sabes de un tema, más crees que el mapa en tu cabeza coincide con el territorio real, cuando los mapas siempre son simplificaciones que omiten detalles cruciales.
Y aquí aparece unas de las ironías más graves de la cognición humana: somos brillantes explicando por qué las cosas han pasado (a toro pasado, digamos), pero muy muy malos prediciendo qué pasará. En retrospectiva, todo parece inevitable y lógico: "estaba claro que iba a ganar Trump", "la pandemia tenía que desarrollarse de esta forma". Pero estas cosas no eran nada obvias antes de que ocurrieran. Nuestra mente es una máquina de autojustificarse creando narrativas coherentes a posteriori.
Por eso las decisiones más catastróficas no las toman ignorantes sino expertos demasiado seguros de sí mismos (con la confianza de los ignorantes). El ignorante al menos tiene miedo, mientras que el experto cree que controla variables que ni siquiera sabe que existen.
Aquí llega el gran malentendido: creemos que ser racional significa maximizar información, cuando en realidad significa reconocer los límites del cálculo. Las decisiones que más nos marcan (elegir carrera, pareja, hogar) raramente siguen un Excel de coste-beneficio; son apuestas a cosas que no sabemos si funcionarán.
Al final, las buenas decisiones no son las que siguen las reglas de la racionalidad sino las que sobreviven el contacto con la realidad. No pretendo saber cuál es la mejor opción para ti, porque el cuadrante de lo imprevisible es personal e intransferible. Pero si entendemos por qué las decisiones son malas, ya estamos más cerca. Solo nos falta saber como tomarlas buenas. Esto es un tema para otro día.